¿En qué estamos fallando al educar a nuestros jóvenes?

El asesinato de la educadora social Belén Cortés en Badajoz y la agresión brutal a un adolescente con parálisis cerebral en Santander no son hechos aislados. Son síntomas de algo más profundo que se está gestando en el interior de nuestras sociedades. La pregunta es urgente:

¿Qué está fallando en el modo en que estamos educando a las nuevas generaciones?

Vaya por delante que no me quiero situar ni en la culpabilización de los padres, ni tampoco cargar todas las tintas sobre los menores. Claramente las intervenciones con los chicos (principalmente son hombres) se hacen inexcusables y las medidas correctivas y educativas que haya que emplear, han de ser del todo contundentes y exigentes. Mi reflexión se eleva un poco más y me gustaría reflexionar sobre el papel que tenemos no solo los padres en todo esto, sino el total de adultos. Ya sabes…, es toda la “tribu” quien tiene el deber de educar.

Los actos extremos no surgen de la nada. Suelen crecer en un caldo de cultivo compuesto por desconexión, vacío, falta de sentido, y carencia de vínculos significativos. Lo que antes aparecía como una excepción o una rareza, hoy parece cada vez más frecuente. El umbral de sensibilidad colectiva ante la violencia se diluye y los comportamientos agresivos se vuelven parte del paisaje cotidiano.

Una sociedad que fabrica extremos

Cuando en la infancia y adolescencia se sustituyen los vínculos humanos por pantallas, el contacto real por estimulación inmediata, y los límites por permisividad constante, se produce una forma de desarrollo emocional desequilibrada

No creo que las pantallas tengan toda la culpa, pero no sé si estarás de acuerdo conmigo que la ausencia de los padres, motivada por jornadas larguísimas de trabajo, por atender la obligación de ser madres/padres perfectos, o por estar colgados estos mismos de sus propias pantallas, hacen que muchos adolescentes no lleguen a construir una narrativa sólida de sí mismos ni de los demás. Se mueven entre extremos: o se sienten insignificantes o se creen omnipotentes.

En ese contexto, no es raro que surjan jóvenes que se desbordan fácilmente, reaccionan con violencia o se desconectan del sufrimiento ajeno. No han aprendido a observar sus propias emociones con curiosidad ni a reconocer en el otro un universo complejo. Solo saben huir del malestar o anularlo. Y a veces, esa anulación se manifiesta en forma de desprecio o crueldad.

Cómo lo que decimos, pensamos y sentimos moldea el comportamiento

Si observamos desde una perspectiva más profunda, notamos que muchas de estas conductas tienen que ver con la forma en que los chicos y chicas aprenden a relacionarse con las palabras, las emociones y el entorno.

Cuando a un adolescente se le repite que “lo importante es ser feliz”, “tú puedes con todo” o “haz lo que te apetezca”, es probable que comience a vincular malestar con fracaso, límites con castigo y frustración con injusticia. Aprende que si algo no es inmediato o placentero, es que algo está mal. Y entonces, cuando la vida le presenta lo inevitable —pérdida, rechazo, conflicto— no sabe qué hacer con ello.

Además, cuando no se les ha enseñado a observar sus pensamientos y emociones sin fusionarse con ellos, es fácil que la rabia se convierta en acto, el desprecio en acción, el pensamiento en identidad. No hay espacio para elegir, solo para reaccionar.

Este tipo de aprendizaje no es innato, sino construido. Es fruto de una red de mensajes —verbales y no verbales— que reciben desde pequeños, y que forman parte del sistema educativo, familiar, mediático y social.

 

Dos chicas mirando el móvil

Cuando el mundo interno está colonizado por la evasión

Muchos de estos adolescentes han sido educados sin contacto con su mundo interno. No han aprendido a quedarse con lo que sienten, a sostener una emoción desagradable, a transitar un conflicto sin huir ni atacar. En lugar de eso, buscan a toda costa evitar lo que duele, callar lo que inquieta o señalar a otro como culpable.

Y cuando el sufrimiento interno no encuentra vía de expresión ni escucha, se proyecta hacia fuera. Puede tomar la forma de bullying, de humillación, de indiferencia o de agresión.

Es aquí donde aparecen los extremos: chicos sin referentes emocionales, sin posibilidad de dar sentido a su experiencia, que se sienten solos, incomprendidos, y que terminan atrapados en conductas destructivas o deshumanizadas.

¿Qué podemos hacer?

Necesitamos cambiar el foco. Menos correcciones externas, más acompañamiento interno. Menos control, más presencia. Menos discursos vacíos, más coherencia en las relaciones cotidianas.

Desde mi trabajo como psicólogo en aceptACTion.com, acompaño procesos donde lo central:

  •  no es “corregir una conducta” sino aprender a habitar la propia experiencia emocional sin quedar atrapado en ella
  • abrir espacios de elección ante lo que se piensa o se siente; hacerte responsable de tus elecciones, y
  • desarrollar un sentido de pertenencia que incluya también al otro.

No se trata de “enseñar empatía” como si fuera una asignatura más, sino de construir relaciones que la hagan posible. Relaciones donde la experiencia emocional tenga cabida, donde el lenguaje no sea solo herramienta de juicio sino también de conexión.

Porque solo cuando un joven puede observar su mundo interno con compasión, reconocer sus pensamientos como pensamientos y no como órdenes, y ver al otro como legítimo en su diferencia, puede empezar a tomar decisiones que construyan en lugar de destruir.

¿Y a tí qué te parece todo esto? No pretendo ser catastrofista, pero quizá sí necesitamos reflexionar sobre ello y promover espacios y momentos de comunicación con nuestros adolescentes y jóvenes.