Cuidar a tu psicólogo no implica traerle galletas (aunque si te da por ahí, oye, tampoco se va a quejar). Se trata de pequeños gestos que pueden hacer que su corazoncito profesional siga latiendo con alegría y que no acabe llorando sobre su propio diván. Aquí van unas recomendaciones:
Sé puntual
(o al menos no llegues con un café en la mano y diciendo “¡Uy, cómo pasa el tiempo!”). Si la sesión empieza a las 10, no significa que sea la hora de salir de casa. Un psicólogo esperando a su paciente es como un perro esperando a que le abran la puerta… solo que sin mover la cola.
No faltes a las citas (y si vas a faltar, avisa con tiempo).
A diferencia de los médicos de cabecera, los psicólogos no tienen consultas abarrotadas ni pacientes esperando con un papelito en la mano. No podemos atender a tres personas a la vez ni hacer una sesión exprés de cinco minutos. Así que, si te reservas una hora y luego no apareces, esa hora se queda huérfana y el psicólogo se queda mirando al techo, cuestionando su existencia (o su elección de carrera).
Además, si faltas sin avisar con la suficiente antelación, lo normal es que el psicólogo te cobre igualmente por la sesión, porque él se ha comprometido contigo y ha reservado ese tiempo exclusivamente para ti. No vale enfadarse ni poner cara de sorpresa, porque el compromiso funciona en ambos sentidos. Él se compromete a atenderte, y tú te comprometes a acudir o avisar con tiempo.
No le pidas que trabaje gratis.
El psicólogo es una persona muy maja, sí, pero no es un chamán que vive del aire ni un gurú que medita en la montaña y subsiste a base de luz y sabiduría. Cobra porque su trabajo implica años de estudio, formación y muchas neuronas sacrificadas en el camino. Así que no asumas que porque es una buena persona está obligado a atenderte a cualquier hora, en cualquier lugar y sin pasar por caja.
No abras la caja de Pandora en los últimos cinco minutos.
Sí, lo sabemos, la sesión ha ido bien, te sientes cómodo y de repente sueltas: “Por cierto, creo que mi infancia está llena de traumas que nunca te he contado, ¿lo vemos rápido?”. ¡Ay, amigo! No se trata de arañar minutos y llevarte más terapia a casa, sino de consolidar bien lo que se ha trabajado. Si surgen cosas nuevas, genial, pero hay que dosificarlas. Entiende que no se puede ver todo a la vez y que la terapia es un proceso. Date tiempo y dale tiempo a tu psicólogo para que los cambios puedan empezar a aparecer.
Céntrate en lo que se está trabajando.
A veces la tentación de soltar “Y ahora que lo pienso, también me pasa esto, y esto otro, y esto otro…” es fuerte, pero el objetivo no es convertir la sesión en una enciclopedia de tu vida en una sola tarde. Cada cosa tiene su momento, y darle espacio a lo que ya se está trabajando ayuda mucho más que querer hacerlo todo de golpe.
Escucha a tu psicólogo… ¡de verdad!
No, no vale asentir con la cabeza mientras piensas en qué vas a cenar o decir “sí, sí, tienes razón”, para luego hacer justo lo contrario. La terapia no es un podcast que se oye de fondo mientras pasas el rato; es un espacio para reflexionar y aplicar lo trabajado.
Recuerda que esto no es solo tiempo del psicólogo, es tu tiempo, tu esfuerzo y tu dinero. Si estás aquí es porque quieres un cambio, y ese cambio no se logra solo con escuchar. Tú eres el responsable de poner en práctica lo que se trabaja en sesión.
Si después de cada sesión sales diciendo “qué interesante” pero no mueves un dedo para aplicar nada, es como pagar el gimnasio y esperar ponerte en forma por ósmosis. La terapia no funciona por arte de magia: requiere compromiso, paciencia y acción. Cuanto más te impliques, más provecho sacarás.
️ Dile a tu psicólogo aquello que no te gusta o con lo que no estás de acuerdo.
No te vayas sin avisar, sin decir nada, sin cerrar bien el proceso. A veces, lo que el psicólogo propone puede no encajar contigo, o puedes sentir que la terapia no va en la dirección que esperabas. Está bien, no siempre se acierta a la primera. Pero en lugar de desaparecer sin más, dale la oportunidad de explicarse, de ajustar el trabajo o de despedirse como corresponde.
Y si finalmente decides que ese tratamiento no es para ti, haces bien en buscar otro camino. Pero si te está ayudando, si hay algo que te resuena, si sientes que vas avanzando… díselo. No te imaginas lo bien que le viene a un psicólogo saber que algo está funcionando y que va por el buen camino. Un simple “esto me ha servido mucho” puede hacer que su semana valga la pena.
