Ayer vi Oppenheimer en el cine. Más de tres horas pegados a la pantalla. Me encantó.
Un guión bien armado. Complejo. Con saltos en el tiempo bien resueltos. Una estética tan impoluta como atrayente. Bien interpretada; con unos personajes más que creíbles. En absoluto parecen sobreactuados o disfrazados…no podemos decir lo mismo otras producciones. Y la fotografía, sobrecogía por lo sencilla e impactante. Y eso que nos tocó verla en segunda fila. Perdono el dolor de cuello de hoy, por el buen rato de ayer.
Me gustó por varios motivos.
En primer lugar, es una película que habla de Ciencia. La pasión con la que la viven algunos y lo que supone para bien y para mal para toda la humanidad. El impacto de la Ciencia en nuestro día a día sobrecoge a poco que reflexionemos.
El compromiso con que la viven muchas personas, me recuerda más a un “sacerdocio” que a una profesión. De hecho, de alguna manera, “creer” en la ciencia y “confiar” en ella se me asemeja, cada vez más, a la fe necesaria para la práctica de una religión. Pero no quiero detenerme en esto.
En segundo lugar, y de eso quería hablarte de forma más extensa, para mí, la película es el retrato de un hombre íntegro y comprometido. No voy a entrar en mil lecturas acerca del mensaje anti-pro belicista y de cierto lavado de conciencia de algunos.
Creo que la película presenta a una persona comprometida con aquello que le importa. Al mismo tiempo, es una persona con los pies en el suelo. Que ha comprendido el momento histórico en que se encontraba y que teniendo una serie de principios ha de tomar decisiones concretas que en absoluto carecen de controversia.
Tomar decisiones en la cabeza o sobre un papel siempre es mucho más limpio. Situarnos imaginariamente en hipótesis y hacer malabares con ellas, siempre es más sencillo que emponzoñarse en el barro de la realidad donde los intereses apuntan, siempre, en múltiples direcciones y sentidos.
Valorar y criticar las decisiones que otros toman, es el summun de la simpleza. En aras de la coherencia y la lógica nos disponemos a hacer análisis lineales que poco tienen que ver con la realidad. “Ponernos en la piel del otro” es hacernos cargo de las circunstancias de su vida. Conocer su contexto. Complicado, ¿no?
Oppenheimer es un mujeriego fiel a su mujer. Un amigo responsable con aquellos que caminan en la cuerda floja, simpatizantes y afiliados comunistas, en los EEUU de las décadas de los 20, 30, 40 y 50 del siglo XX, y en una tesitura de guerra donde arrimar el hombro y “hacer país” requiere poner tu conocimiento al servicio de un bien mayor. Un neoyorkino de Nuevo México. Un judío que no sabe hablar yiddish, consciente del peligro que corre “su pueblo” en la Europa nazi. Un antibelicista que fabrica la primera bomba atómica y que provocó las mayores masacres en masa hasta ahora conocidas. Es una contradicción con patas.
O eso parece.
Tomar decisiones en la vida se parece bastante al perfil que Christopher Nolan dibuja mostrándonos al científico. Lo extraordinario del personaje, a mi parecer, radica en la integridad y el grado de compromiso que muestra.
Se deja avasallar por algunos. No da una bola por perdida; pone una vela a dios y otra al diablo.
Lo intenta, lo intenta y lo vuelve a intentar, aún cuando todo parece perdido o casi imposible.
Parece un “Moisés” empeñado en un imposible: poner a trabajar a varios equipos independientes repartidos por todo el país, levantar una ciudad de la nada en mitad del desierto, convencer a decenas de científicos y a sus familias para que vayan a vivir allí, hasta se ve obligado a luchar contra una gran tormenta…si eso no es como salir indemne de las doce plagas y terminar abriendo el mar Rojo (haciendo estallar la madre de todas las bombas hasta la fecha), para escapar de los egipcios, que venga dios y lo vea.
Lo que yo te diga. Una religión.

Ser íntegro , en ocasiones, implica llevar la contra. Discrepar. Incomodar.
Es relativamente fácil disparar a quien se expone demasiado. Ser un verso libre en un partido político, en el lugar de trabajo o en la casa de Gran de Hermano se paga con la expulsión.
Las organizaciones son centrífugas con aquellos que difieren y son críticos con el “discurso oficial”. Y centrípetas con los pelotas y lameculos conscientes de sus limitaciones, de su deseo de no complicarse la existencia. Mejor dejarse llevar. Pegarse al poder y cambiar de bando a tiempo para llevarse su tajada.
Me encanta el retrato que hace Nolan de los mediocres y acomplejados. Cómo medran desde la envidia, el rencor y el deseo de venganza. Ojalá y siempre fuera como en la película.
Que el film acabe “haciendo justicia”, no sé si “hace justicia” a la realidad y a lo que sucede con más frecuencia. Ojalá muchos pagaran por sus engaños y sus manejos sucios en la sombra. Creo que no es lo más frecuente en política, en la empresa o en el seno de nuestra familia.
En esa coherencia con sus valores, Oppenheimer defiende a sus amigos y no delata a nadie aún a sabiendas de que eso puede costarle la carrera y ser declarado traidor.
Se ve con su antigua amante; conocedor de sus problemas, se comprometió a estar y responder cuando lo reclamara; hasta que un “valor mayor” se lo impide, poniendo en riesgo su propia relación.
Colabora con su país aportando su conocimiento aún cuando eso suponga un riesgo de escalada armamentística y levanta la voz, no se detiene, cuando aquello que temía termina sucediendo, a costa de ser acusado de traición y ser apartado y degradado. Así es la vida.
Así son nuestras vidas. En otra escala… decidir es sacrificar.
Poner por delante de cosas que importan, otras que nos importan más. Dando una de cal y otra de arena. Esos equilibrios que se nos antojan imposibles.
Por eso, según desde donde mires al personaje, va a resultar tremendamente incómodo y según hagas aflorar cierta información o destaques ciertos hechos, se puede revelar como un veleta o inconsistente, un trepa, un traidor o un fiero y engreído ególatra.
Se necesitan al menos tres horas y hacerlo muy bien, para mostrar ese contexto que normalmente no tenemos cuando miramos a los demás. Nolan lo ha conseguido en esta ocasión.
