En los últimos meses he tenido la oportunidad de recoger un montón de opiniones acerca de la posibilidad de dar un giro a la vida profesional.
Seguramente, y más a ciertas edades, supone uno de los cambios que más vértigo puede suscitar. Dejar atrás una vida que puede ser desmotivante o desagradable, pero que a la vez es predecible y conocida, da vértigo.
Lo sé por propia experiencia.
Conozco a un profesional “bien situado laboralmente” que hace unos años empezó a plantearse un cambio a nivel profesional y laboral porque reconocía que nunca le había gustado su trabajo.
Era (y es) diseñador gráfico y trabajaba para una empresa de publicidad. Una empresa modesta, “de provincias”, a la que de vez en cuando llegaban encargos de cierta envergadura. Pero habitualmente realizaban trabajos menores. Siempre había arrastrado la duda: “¿Tomé una buena decisión aceptando este empleo?¿No me conformé demasiado pronto?”
Lo cierto es que el mercado laboral en España es un asco y este es el contexto en el que nos encontramos. Es importante no olvidarlo.
Manuel (pongamos que se llama así), quería dar un cambio a su vida profesional; se vio con algo más de 40 años y una montaña de dudas y preguntas que responder:
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- ¿No será que piensas que la vida es otra cosa, pero realmente estás equivocado?
- ¿Y si la cosa no sale porque ya tienes el mejor trabajo al que puedes aspirar?
- ¿Y si lo que pasa es que eres un inconformista? Eso significaría que aunque cambies de trabajo, dentro de poco vas a estar igual que ahora.
- ¿Qué crees que hay ahí afuera?¿Piensas que todo lo de allí es mejor que lo de aquí?
- Con todo lo que te ha costado llegar hasta aquí, ¿estás dispuesto a partir de cero de nuevo?
Y como estas, muchas más.

Pasaba horas fantaseando con hacer algo diferente. Con hacerse freelance y realizar proyectos para empresas más potentes y compaginarlo con el diseño en su vertiente más artística. Algo que siempre quiso. Se descubría imaginando. Colgado de sus “películas fantásticas”, como él las denominaba. Y cuando se pillaba soñando despierto, se venía abajo y se desanimaba; creía que era tonto por pensar que podría dejar su trabajo sin más. Y volvía una y otra vez en bucle.
Tenía un bebé de poco más de 6 meses y tenía que ser responsable. “Estoy loco. No puedo dejar esto. Y más como está la cosa. Tienes suerte de tener este trabajo”.
Pero Manuel no dejaba de imaginarse en otra vida, laboralmente hablando.
Llegó un momento en que le costaba levantarse por las mañanas. Iba a trabajar sin ilusión. De hecho, durante la pandemia trabajó en casa por meses seguidos sin pisar la oficina. Algunos días ni se quitaba el pijama y perdía su tiempo mirando ofertas de empleo o grandes empresas para las que poder trabajar.
Era agotador.
Se veía como en aquellos dibujos animados de Tom y Jerry de cuando era pequeño, con el ángel y el demonio susurrándole al oído:
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- Por un lado su voz de la conciencia más conservadora y “responsable”: quédate con lo seguro. Esto es lo mejor. No vas a conseguir lo que quieres.
- Por otro lado su voz de la conciencia más “aventurera” o arriesgada que le hablaba de lo que le motivaba y lo que le gustaba hacer.
Más escorado a un lado o a otro según los días, según le fuera en el trabajo, o según tuviera el más mínimo contratiempo. Y así se veía, como un marinero a merced del mar. Dando tumbos de estribor a babor. Sin rumbo. Mareado. Golpeado por las olas.
(Otro día te hablaré de forma pormenorizada de qué hicimos y cómo trabajamos para que Manuel, por fin, encontrara su lugar.)
Hoy quiero detenerme en la importancia de tener un norte.
Algunas veces lo más complicado es ponerse en marcha, porque realmente no sabemos qué es lo que queremos.
Con cualquier intento de cambio, nuestra mente saca una lista de “razones” para que te lo pienses y sopeses si es una buena elección. Y si por contra decides no moverte, saca una lista de razones por las que deberías cambiar. Como en un callejón sin salida. ¿Te suena?
Y nos bloqueamos. Así estaba Manuel cuando lo conocí.
Igual que en el ámbito laboral y profesional, nos puede suceder en los estudios, en las relaciones de pareja y en las familiares, o en el ámbito del autocuidado personal.
Mediante el Coaching ACT Manuel y yo trabajamos en ese proceso de clarificación de valores personales.
Le ayudó a:
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- Conectar con lo que realmente le importaba a él (y no a otros).
- A mirar con detenimiento si lo que hacía todos los días en su trabajo se correspondía con aquello “que le hacía vibrar”. Más allá de que fuera agradable hacerlo.
- A describir con detalle escenarios en los que él se reconocía “más el mismo”. Haciendo cosas que se correspondían con el tipo de persona que él deseaba ser.
- A conocerse más.
Trabajamos muchas más cosas. Hicimos muchos ejercicios; planteamos diferentes escenarios; se propuso múltiples tareas, metas y objetivos que cubrir. Le “dio al play” y se puso en marcha. Nos pusimos en marcha.
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A día de hoy me consta que Manuel es mucho más feliz. Tiene un montón de cosas en su vida con las que sufre y lo pasa mal.
Tiene dudas, tantas o más que antes. Pero ya no se bloquea.
Según me cuenta, cuando hemos hablado alguna vez de forma puntual, “lleva las riendas de su vida y no se siente a la deriva”. Y, por supuesto, no necesita un psicólogo de cabecera que le diga en cada instante qué debe hacer. Es totalmente autónomo en este sentido.
Otro día te cuento si al final cambió o no de trabajo. Quizá no fue lo más importante de todo. Sí te aseguro que cambió su vida. A mejor, sin duda.
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